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Jugar gratis Todos los capítulosMátalo una vez. Los jefes de las Profundidades, sus esbirros y todos los jefes del mundo se registran solos.

Lo mandaron a cartografiar la primera galería y a volver para la cena. Volvió once meses después, a cuatro patas, y desde entonces es extremadamente territorial con el asunto de la cena.

No teje para cazar. Teje para llevar registro: cada hilo un nombre, archivado por el día en que bajó la escalera. El archivo es enorme, sigue creciendo y ella, medida con cualquier criterio razonable, es muy buena en su trabajo.

Construido para mantener una puerta cerrada. Nadie apuntó cuál. Nadie ha podido preguntárselo desde que se le soldó la mandíbula, y no admite preguntas.

Malachar murió en la cuarta planta, sin ruido, de algo aburrido. Lo que espera allí es la abolladura que dejó su ausencia, y ha tenido doscientos años para ensayar el paso.

Otros dracos acumulan oro. Garrabrasa acumula calor. Lleva sacándoselo a esa cámara desde antes de tu abuela, y las paredes ya están lo bastante frías como para llevarse la piel.

No te congela para matarte. Te congela para quedarse contigo. Ya tiene muchísimos tús, ordenados por altura, y empieza a quedarse sin estante.

No nació ni fue construido. Llegó, del modo en que llega un agujero, y desde entonces está sobre esa misma losa. Nunca ha explicado la losa y nadie ha insistido.

Lo único en las Profundidades que mantiene una corte. La corte va bellamente vestida, tiene modales impecables y lleva muerta un tiempo. Nadie ha tenido el valor de mencionarlo.

Un titán no es una persona grande. Es un trozo de mundo que se puso de pie una tarde, y el mundo lleva desde entonces pidiéndole con educación que se vuelva a sentar.

Metió las dos manos en la costura para ver qué había al otro lado. Lo averiguó. Ahora está en los dos lados a la vez, y la mitad contra la que peleas es la pequeña y bastante más razonable.

Invicto en los Fosos del Queso durante once temporadas seguidas. Los fosos existen. Las temporadas existen. El cinturón existe y pesa bastante. Nadie ha explicado nunca el queso de forma satisfactoria.

Tercero de su nombre. Los dos primeros siguen en la secadora. No habla del tema y sería una amabilidad no preguntar.

Manda una flota de uno. Invicto en combates navales, tras poner gran cuidado en no estar en ninguno. Las medallas se las dio él y el papeleo es impecable.

Llega a la hora de la tercera comida, sin invitación y enorme. No deja nada en pie y —lo que inquieta más— ni una miga.

Enrollado con cada recado que has ido dejando para mañana. Gana una capa al día. En un sentido literal y poco halagador, lo estás alimentando ahora mismo.

Cuarenta años de investigación publicada sobre la atracción entre el pan y lo inevitable. La revisión por pares fue hostil. La revisión por pares está ahora untada.

Demasiado pequeño para la manada, demasiado leal para irse. Lleva seis años con un ascenso prometido.

Ocho ojos, cero percepción de profundidad. Lo compensa con entusiasmo.

Montado con tres autómatas anteriores y las sobras de un cuarto. Cojea de una cojera que no se ganó.

Murió a mitad de una discusión. La sigue ganando.

Vigila una puerta que tapiaron hace dos siglos. Nadie se lo ha dicho. Nadie se lo dirá.

Nació demasiado cerca de la forja y salió mal en una dirección extremadamente útil.

Lleva brasas en la boca como quien lleva una promesa. No ha soltado ni una.

Fue una persona. Ha conservado el abrigo.

Se congeló a medio paso, camino de la salida. Sigue mirando a la escalera.

Llegó con el Centinela y se queda once pasos por detrás de él. Siempre once. Nadie sabe por qué once.

No hace ningún ruido, tampoco cuando lo golpean, cosa que varios veteranos describen como lo peor de todo.

Refleja la luz mal. Míralo dos veces y dejarás de mirarlo.

Sirviente de la corte. Trae, lleva, se inclina. Lleva ciento cuarenta años muerto y sigue siendo impecablemente profesional.

Teje la ropa de la corte. Solo conoce un patrón. Ha tenido mucho tiempo para perfeccionarlo.

El catador de la Reina. El puesto es exactamente tan malo como suena y no se ha quejado ni una vez.

Una esquirla del Titán. Aun así, del tamaño de un carro.

No camina: rueda. Llega igual.

Sostiene un techo que dejó de necesitar sostén hace mucho. No hay manera de convencerlo.

Cruzó la costura detrás de Xal'Thor y lleva desde entonces intentando volver.

Existe en los dos lados. Pelea en este. Al parecer el otro lado también tiene problemas con él.

Habla sin parar en una lengua que todavía no se ha inventado. Sin un solo fallo gramatical.

Lo último que Xal'Thor hizo a propósito.

Pequeño, rápido y absolutamente convencido de que el peligroso de la sala es él.

Nació en el lado equivocado y nunca le han dicho cuál era.

Una luz con opiniones. Las opiniones son malas.

Caza en la orilla justo a la profundidad a la que dejas de poder correr.

Se mueve de lado, cosa para la que nadie está preparado.

Uno de nueve idénticos. Los otros ocho también están aquí.
Vive en la ceniza y se lo toma como algo personal cuando lo molestan.

No escupe fuego. Sencillamente es fuego, dispuesto en forma de perro.

Lento, caliente y completamente indiferente a todo lo que hayas traído contigo.

Vigila una cámara que vaciaron hace años. Nadie ha actualizado el cuadrante.

Recortado de una sola lámina de algo que nunca debió laminarse.

Fue lo primero que entró por la brecha y no ha parado desde entonces.

Habla con la voz del último al que mató. Actualmente: nadie a quien conozcas.

Hecho de la costura misma, y por eso está siempre a punto de no estar.

El último en salir. Esperando a ser el último en entrar.
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